¿Cuál es nuestro modelo de trabajo terapéutico?

El enfoque que guía nuestro trabajo terapéutico viene definido por la “Terapia de Aceptación y Compromiso” o ACT, por sus siglas en inglés (Acceptance and Commitment Therapy).

Esta terapia aparece como uno de los desarrollos más recientes de la terapia cognitivo-conductual en psicología, incluyéndose en la denominada “tercera generación de terapias conductuales” por su autor principal, Steven Hayes (Barraca, 2006).

El objetivo de ACT es ayudarnos a desarrollar y mantener una trayectoria vital significativa elegida y valorada por nosotros mismos; a identificar y comprometernos con los propios valores, y a hacerlo aceptando el sufrimiento inherente a la vida.

Esto es así porque, independientemente del camino elegido, es inevitable que haya sufrimiento y tendremos que aceptarlo para poder avanzar. Sin embargo, esta aceptación no debe entenderse como una mera resignación, sino como un cambio de enfoque en la forma de vivir nuestra vida: Centrándonos en lo que es realmente importante para nosotros y abandonando los intentos de deshacernos de las sensaciones, emociones y pensamientos desagradables o aversivos que nos invaden, ya que esa actitud de lucha no hace más que paralizar nuestras vidas y alejarnos de esa dirección que hemos elegido para alcanzar nuestros valores.

De acuerdo con ACT, la calidad de vida es óptima cuando se dan unas condiciones que facilitan la flexibilidad psicológica. Esta flexibilidad está basada en seis procesos fundamentales que funcionan de manera conjunta y que forman parte del denominado “hexaflex”: estar en el presente, valores, acción comprometida, el YO como contexto, desmantelamiento/defusión del pensamiento y aceptación.

Estar en el presente
Tal y como el propio nombre lo explica, la puesta en marcha de este proceso nos invita a centrar nuestra atención en el aquí y el ahora, pero nos invita a hacerlo de una forma totalmente receptiva y con un verdadero interés hacia lo que ocurre en “este” momento, el momento presente.
Valores
Son direcciones vitales elegidas que proporcionan motivación e inspiración, constituyen guías para la acción, dan sentido a la vida y son diferentes a las metas y objetivos porque son más abstractos y más globales.
Acción Comprometida
Este proceso se refiere concretamente a la necesidad de establecer metas específicas guiadas por los valores elegidos y a la importancia de involucrarnos en acciones efectivas para alcanzarlas.
Yo como contexto
El yo como contexto o yo “observador” se refiere al sentido trascendente del ser entendido como la esencia de lo que somos, que es permanente, imperturbable y que está siempre presente, siendo impermeable al daño. Desde esta perspectiva, es posible experimentar en directo el hecho de que no somos nuestros pensamientos, sensaciones, emociones, impulsos o recuerdos, sino que somos algo más que el conjunto de todos ellos. Estos fenómenos cambian continuamente y son aspectos periféricos de nosotros, pero no son los que definen nuestra esencia más profunda.
Defusión del pensamiento/defusión cognitiva
A través de este proceso podemos aprender a observar los recuerdos, imágenes y pensamientos simplemente como lo que son (elementos del lenguaje y nada más), frente a lo que aparentan o “dicen” ser cuando invaden nuestra mente (reglas a cumplir, situaciones o eventos amenazantes y verdades objetivas e infalibles).
Aceptación
Se define como la apertura a experimentar aquellas sensaciones, emociones y demás experiencias privadas indeseadas, dándoles la bienvenida y dejando de luchar contra ellas para eliminarlas.

Como queda reflejado en la Figura 1, tomada de García-Higuera (2006), todos los procesos del hexaflex están relacionados e interconectados, de modo que si alguno de ellos falla, esto afectará al proceso global y, por tanto, a la calidad de vida de las personas, lo cual queda representado gráficamente a continuación:

Orientación al futuro o al pasado
Desde este lugar de mayor rigidez a la hora de entender y vivir nuestra vida, es común que el contacto con el presente se desvanezca o exista en muy pocas ocasiones, pues asumimos sin darnos cuenta el futuro y el pasado como conceptos rígidos e inmodificables, y dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a anticipar o recordar eventos, sin centrar nuestra atención en el momento en el que estamos.
Falta de claridad en los valores
En ocasiones, no tenemos bien identificados nuestros valores, porque a lo largo de nuestra historia y, por las circunstancias que sea, no nos hemos detenido a preguntarnos, a sentir y/o a pensar en lo que es realmente importante para nosotros, lo cual dificulta la elección de un camino claro que guíe nuestras acciones y que dé sentido a nuestra vida.
Falta de acción comprometida con los valores, impulsividad o persistencia de la evitación
Otras veces, aunque sí tengamos esos valores definidos, no hemos aprendido a llevar a cabo acciones comprometidas con los mismos y dejamos que sean los obstáculos que aparecen en nuestro camino los que tomen el control sobre nuestra vida, llevándonos a actuar de formas que solo consiguen alejarnos de lo que realmente queremos.
Yo como contenido
En este proceso que nos lleva a comprendernos a nosotros mismos de una forma más rígida, lo que ocurre es que asumimos que toda nuestra identidad y el valor que le damos a la misma es equivalente a las conceptualizaciones verbales que utilizamos para describirnos. En este sentido, decir cosas como: “yo soy incapaz de conseguir lo que quiero” o “yo soy un desastre”, nos coloca en una posición desde la que resulta difícil tomar distancia de estas sentencias verbales y entender que solo son palabras que describen características o estados transitorios, pero que realmente nuestra verdadera esencia va mucho más allá de lo que decimos ser.
Fusión cognitiva
Este proceso hace referencia al comportamiento guiado o determinado fundamentalmente por reglas verbales y no tanto por la experiencia directa del aquí y el ahora. Así, asumimos que nuestros pensamientos, ideas o recuerdos son “verdades absolutas” e incuestionables y, con ello, lo único que conseguimos es alejarnos de la posibilidad de vivir plenamente el momento presente.
Evitación experiencial
Se trata de un patrón inflexible de funcionamiento que nos lleva a rechazar la posibilidad de entrar en contacto con eventos privados que resultan dolorosos o aversivos (pensamientos, emociones, recuerdos, sensaciones físicas…), lo cual se manifiesta en acciones que van dirigidas a evitar/controlar dichas experiencias, intentando alterar tanto la forma o frecuencia de éstas, como las condiciones que las generan.

Con todo lo anterior, el trabajo terapéutico desde ACT consiste en el abordaje de cada uno de los seis ejes del hexaflex representado en la Figura 2, la cual ha sido tomada de Hayes, Luoma, Bond, Masuda y Lillis (2006), utilizando para ello distintas técnicas, que hacen especial hincapié en el trabajo experiencial por parte de los pacientes. Es decir, no se trata tanto de enseñarles la teoría como de guiarlos para que sean ellos mismos quienes vivan en primera persona sus propias emociones y sensaciones, así como los cambios que van surgiendo en éstas a lo largo de la terapia.