Ideas sobre mi mismo

1Yo soy fuerte, y si yo no sé resolver sol@ mis propios problemas, estoy fracasando.
Ser resolutivo/a es una cualidad muy positiva a lo largo de la vida; nos lleva, habitualmente, a alcanzar grandes resultados. Ahora bien, saber pedir ayuda en un momento puntual o apoyo ante un obstáculo, supone tener la flexibilidad de aceptar que cada día podemos seguir aprendiendo y que podemos ser alumnos además de maestros. Nada tiene que ver con el fracaso aunque podamos sentirlo así, sino con la tranquilidad de entender que no hace falta saber siempre todo y que, cuantos más recursos tengamos, más nos acercaremos a las metas importantes que nos hemos marcado.
2El problema soy yo, soy un auténtico desastre. Nunca cambiaré.
Lo que define mi calidad de vida como persona no es lo que “yo soy”, sino si estoy haciendo lo que de verdad quiero. Es decir, la explicación no es: “yo soy un desastre y nunca cambiaré”, si no: “he aprendido a hacer las cosas de forma que no me benefician” o “no he aprendido a gestionar mis emociones, pensamientos...y me interfieren de forma importante en mi vida”. Así, lo que falla no es la esencia de quién soy, sino el aprendizaje que he tenido. Y aprender nuevas formas de vivir, sí podemos hacerlo.
3Tengo que tener todo resuelto para ser feliz.
¿Alguna vez te has dicho a tí mismo la siguiente frase: “el día que esto se solucione, seré feliz”?. En ocasiones crecemos con la idea de que no podemos disfrutar si hay algo que resolver. Y cuando ya lo hemos conseguido, entonces aparece otra situación nueva, y otra, y otra, lo cual puede resultar agotador. Poder tolerar el que no esté todo resuelto (y que probablemente nunca lo estará) y aún así darnos permiso para hacer cosas que nos hacen felices es fundamental para nuestra calidad de vida. Al fin y al cabo, la felicidad, aunque puede parecernos el objetivo último, realmente es la consecuencia de llevar la vida que queremos, con todo lo que eso conlleva.
4Mis padres, o la educación que me han dado, son los culpables de lo que soy hoy.
Cuando nacemos, vamos aprendiendo una forma de ver el mundo y, las experiencias que vamos viviendo, van influyendo en nuestra forma de ser. Podemos analizar y encontrar explicaciones a algunos de nuestros conflictos en la educación que hemos recibido, pero eso es diferente a buscar culpables.
Lo primero (buscar explicaciones) puede llevarnos a entender aspectos que nos permitan avanzar en el presente,. Lo segundo (buscar culpables), sin embargo, sólo nos sirve para quedarnos estancados, (de forma pasiva) señalando a quienes creemos que son responsables de nuestros fallos, con el riesgo de asumir que hoy no tenemos nada que hacer. Y nuestra es, en la actualidad como adultos, la responsabilidad del cambio.
5Son mis emociones y bloqueos los que explican todo lo que no he conseguido en la vida. Por ello, he de controlarlos para alcanzar lo que quiero.
A lo largo de nuestra vida, van apareciendo emociones y pensamientos, algunos de los cuales podemos sentir que nos impiden seguir avanzando en la dirección que queremos. Así, cuando tenemos un objetivo y nos vienen pensamientos catastróficos o emociones desagradables, intentamos controlarlos, pues consideramos que sólo podremos seguir adelante si desaparecen.
Ahora bien, ¿alguna vez nos hemos parado a pensar qué ocurre cuando intentamos controlar nuestros sentimientos y pensamientos (a través de la distracción o del debate entre “el diablo y el angelito”)? En un principio, pueden parecer estrategias útiles, pero paradójicamente, estamos consiguiendo todo lo contrario. Cuando los intentamos controlar, nuestro foco de atención se dirige totalmente hacia ellos, de manera que terminan haciéndose cada vez más protagonistas (justo lo contrario a lo que deseamos), y nos desesperamos buscando cómo volver a disfrutar.
Entonces, ¿cuál es la clave para llevar la vida que queremos llevar? Quizás el objetivo no esté en luchar con nuestros pensamientos y emociones, sino en ser capaces de observarlos, aceptarlos y volver a la tarea que estábamos haciendo, es decir, conseguir no engancharnos a ellos.
Veamos la metáfora del autobús para ilustrar lo anterior.
6Yo nunca haría eso tan horrible que haces tú…. Eso sólo te pasa a tí
En algunas situaciones, cuando vemos a alguien haciendo algo que para nosotros es inaceptable, llegamos a asegurar que nosotros nunca lo haríamos. Ahora bien, ¿qué pasaría si nos encontráramos realmente dentro de la situación? La manera en la que evaluamos determinadas circunstancias depende, en gran parte, de la perspectiva desde la que lo hacemos; no es lo mismo ver un problema desde la barrera, que salir al ruedo y tener que enfrentarnos a él.
Por ejemplo, ante la pregunta: ¿serías capaz de darle una descarga eléctrica a alguien?, es muy probable que contestemos que no. Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, hizo un experimento social para ver hasta qué punto, en determinadas circunstancias, las personas seríamos capaces de hacer daño a otras, sólo porque nos lo ordena una figura de autoridad (como sucedió en la Segunda Guerra Mundial).
¿Estás seguro de que tú no lo harías?

Ejemplo: Experimento de Stanley Milgram
7Debo tener sólo pensamientos positivos hacia mi familia o hacia mi trabajo. Si no, ¿qué clase de persona soy?
Los pensamientos son productos mentales. Y la mente va por libre, creando todo tipo de imágenes y frases. Tener pensamientos negativos sobre alguien o alguna actividad no implica que no queramos a ese alguien o que no nos guste la situación. Por ejemplo, yo puedo querer mucho a mi hermano y tener momentos donde piense: “cuando dice eso, no sé lo que le haría…”. Estos pensamientos forman parte de la normalidad y de relaciones sanas. Lo que daña no son los pensamientos (no tienen consecuencias), por muy radicales que sean, sino los actos (que sí las tienen).
8Cuando algo ya no tiene solución, he de pasar página pronto y dejar de pensar en ello. ¿Para qué voy a estar triste si ya no tiene remedio?
Objetivamente, parece que no tiene ningún sentido pasarlo mal cuando algo ya no tiene remedio (por ejemplo, una pérdida). Eso es lo que nos dice nuestra mente, que quiere pasar página cuanto antes para evitar el sufrimiento. Sin embargo, cuando existen cambios o pérdidas en nuestra vida, necesitamos un período de adaptación y asimilación de lo ocurrido. Somos animales de costumbres y los cambios nos afectan. Es decir, de manera natural y sin que tenga nada que ver con ser débil, sentir tristeza, decepción, enfado o cualquier emoción que entendamos como negativa o desagradable, es normal en estas circunstancias. Si tratamos de impedirnos sentir, entonces aparecen períodos de ansiedad, que no es otra cosa que la lucha contra nuestra propia naturaleza.